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-Ciclo de Conferencias-
"El Psicoanálisis, hoy"

Conferencia:
"De un psicoanálisis"
Lucrecia Musumelli

Hoy tenemos el honor y el placer de contar con la presencia de Lucrecia Musumelli, psicoanalista. Decidió no pasarme ningún dato curricular, con lo cual, tengo que poner algo de mí, a pesar de ella.

Es alguien que, además de desarrollar una parte de su trabajo y de su constante labor dentro de la Facultad de Psicología, tiene la virtud de generar un campo de trabajo donde se encuentra. Es una suerte de corroedora de saberes establecidos.

Si cuando esta conferencia termine, encontramos que las cosas no están en el lugar que estaban, habrá sido, porque estuvo Dacha.

Gracias por tu presencia.

A mí me asusta hablar así, cuando no conozco con quienes hablo, por lo tanto, que voy a ir así, bajito.

Yo lo que quisiera hoy es presentarles un libro, en realidad, interesarlos por un libro, que a lo mejor conocen. Igual, quisiera interesarlos por el libro, que se llama, Tributo a Freud. 2 Es un libro escrito por una mujer, poeta que relata un análisis con Freud

Lo encontré por casualidad y me gustó muchisimo porque no es un libro que escribe del análisis, desde el análisis, sino desde alguien que hace otra cosa y que escribe bien.

Y me interesó ver qué del análisis hay acá, aunque quien hable no sea un analista. Qué del pasaje por la experiencia de un análisis, a alguien lo deja en condiciones de hablar de esta experiencia, sin apelar a la metapsicología, ni a la enseñanza, ni a la técnica, ni a hablar de su experiencia de analista.

Me gustó que sea un analizante quien habla y más cosas me gustaron de este libro. Voy a funcionar un poco así, ojalá que mi elocuencia pueda ofrecerlo bien, y dejarles la curiosidad como para que lo busquen.

Lo lindísimo que tuvo para mí, fue descubrir que había dos versiones para lo mismo. O sea que el libro presenta dos versiones de un análisis.

Una, se llama Advenimiento. Advenimiento es un trozo de lo que ocurrió en esa cura, contado a la manera de un diario del análisis. La cura se desarrolló en 1933. Les voy a contar un poco de ese tiempo, y de por qué es importante esa fecha.

En 1933. Este análisis le llevó a Doolitle, que así se llama, Hilda Doolitle, le llevó a ella y a Freud, tres meses. Había sido previamente pactado el análisis y ella parte de Londres hacia Viena. El análisis se realiza en Viena, en el consultorio de verdad de Freud.

Cuando esta mujer comienza a analizarse, había empezado a leer a Freud antes, a saber del psicoanálisis antes, después les cuento por qué, cuando comienza a analizarse, anda con un cuadernito que lleva al bar, antes y después. Duerme en un hotel que es el Regina, un hotelito muy lindo que hay muy cerca de la casa de Freud en Viena, y también allí toma sus notas, hasta que en determinado momento, a partir de 15 o 20 sesiones de haber comenzado a trabajar, Freud le dice que no anote más, que no prepare más.

El dato ese fue muy bueno para incluir esas notas en el relato del análisis. Me parece que, que Freud las haya interrumpido, que Freud haya dicho eso no, las hace material del análisis mismo.

Tienen una riqueza que mi trabajo no va a tener, la riqueza de lo fragmentario porque sí, porque es un fragmento, porque no pudo seguir escribiendo.

Yo no pude trabajar con ese criterio que es elegir el detalle, separar lo fragmentario. No porque no sea este un trabajo fragmentario, lo es, pero no lo es por elección ni por decisión, lo es por imposibilidad, sería hacer virtud de la necesidad decir que elegí trabajar un poquito.

Me quedé mucho rato dándole vueltas de adelante para atrás, de atrás para adelante, buscando otros apoyos, quería saber qué pasaba con Freud en esa época, cómo era la poesía de esta mujer antes de conocer a Freud, es decir, busqué todo, miré todo y traté de capturar todo, no tuve una mirada que fuera a pesquisar por ahí.

Pero a la hora de contar qué pasaba me di cuenta que yo no podía contar todo porque no sabía que era todo y que tenía una o dos puertas para entrar ahí y que eran las que se me abrían a mí y que son las que voy a tratar de contarles.

Y decía que me interesaba entonces, que habría dos versiones en el texto, el diario que se llamó Advenimiento, así le puso ella de nombre, al diario del análisis, advenimiento, y lo fue escribiendo durante un tiempito mientras tenía sus primeras sesiones.

Pasaron bastantes años, después les voy a contar, el análisis tuvo una especie de vuelta, una especie de otro análisis, al año y pico del primero, ya vamos a ver por qué, y a los diez años, cuando Freud ya había muerto, cuando en Londres empezaron los bombardeos, Hilda Doolitle empieza a reconstruir. Las notas del diario las había dejado en Suiza, en el ínterin, y a los diez años de terminado el análisis, Hilda Doolitle empieza a reconstruir, como a pura memoria, lo que fue la experiencia.

Así que era muy lindo, para mí, tener estos dos relatos, de cualidad tan distinta, uno tan fresco, tan vívido, tan como apunte tomado al pie, donde uno puede decir, qué fue esto, me sorprendió esto, estoy así.

Y el otro, esa especie de cosa de cobertura envuelta, o de envoltorio cubridor, que tiene el recuerdo a la distancia.

Fue bueno contar con eso para trabajar. Fue bueno incluso cotejar algunas cosas, ver qué se decía en la primera versión y qué en la segunda y viceversa. Esto se pudo hacer muy bien.

Les voy a leer, y si puedo después me voy a soltar de lo que escribí, porqué me rinde más pero tengo temor de perder el orden.

Tributo a Freud, que así se llama el librito que les vengo a vender, es un libro que incluye dos relatos de Hilda Doolitle, está agotado, se publicó acá en el 79, lo publicó Schapire, y después no hubo más. Y algunas cartas que le envío Freud, eso también hace que sea un libro rico, antes y después de los dos análisis que ella realizó con él en el año 1933 y hacia el 1934.

El escrito más antiguo, el diario, es el registro que hace Doolitle en el Regina, o en el barcito de la esquina del consultorio. El otro que aparece ocupando el primer lugar del libro, es Escrito en la Pared, así se llama.

Se llama así porque ese es el nombre que Hilda Doolitle le había dado a una experiencia alucinatoria que había padecido mucho antes de conocer a Freud, que le lleva a Freud a la manera de, veamos qué fue esto.

Se llama así, Escrito en la Pared, el relato del recuerdo posterior, hecho mucho tiempo después, que fue relatado a pura memoria, entre septiembre y noviembre de 1934, bajo los bombardeos de Londres, 11 años después del análisis.

Este recuerdo es testimonio de la perseverancia, de la insistencia con la que Hilda Doolitle necesitaba recrear ese encuentro que había tenido con Freud durante la guerra cuando la guerra estaba en apogeo.

El diario de notas inicial, que en el libro aparece con el nombre de Advenimiento, cuenta un fragmento del análisis que quedó guardado en Suiza, durante 15 años. Hilda Doolitle lo recupera y lo corrige en el 48, lo corrige, eso es cierto, lo publica tarde, junto con Escrito en la Pared.

La pregunta que yo intenté responder fue ¿qué pasó ahí? Si uno puede construir qué pasó ahí a partir de estos testimonios.

Qué pasó ahí, qué se dijo ahí, es algo que se puede rastrear por lo que ella cuenta. A eso decidí darle estatuto de cierto, "es lo que tengo", con esto voy a trabajar. Más allá que me mandé incursiones por todos lados, y que busqué y que situé, me enteré que en el ‘33, en esa época, esta mujer llega derivada a Freud, por un analista berlinés, que se llamaba Hanns Sachs.

En el ‘33 el nazismo había casi descabezado la Asociación Psicoanalítica Berlinesa, alemana, que era muy fuerte, era importante. O sea que todo el centro de irradiación del psicoanálisis, estaba localizado en Viena, donde estaba Freud. Esta mujer llega entonces derivada, por un analista berlinés.

El ‘33 es el año en el que muere Sándor Ferenczi, que había sido alguien que guardaba correspondencia muy seguido, pero además un corresponsal, porque llega al mundo, y en el mundo ponía al psicoanálisis a prueba y le contaba a Freud qué había probado, hizo experiencias analíticas importantísimas que terminan distanciándolo de Freud.

En el ‘33 se murió ese personaje a quien Freud había querido mucho, a quien Freud había extrañado mucho después de su separación.

En el ‘33 empezaba en Viena ya a hacer sus primeras apariciones el nazismo y hay en el diario relato de situaciones, por las cuales por ejemplo, desde el Regina, Hilda Doolitle puede llegar al consultorio de Freud casi siguiendo un caminito de esvásticas dibujadas.

O hay una jornada determinada, en que ella a pesar del silencio y de la actitud que hay en Viena ese día, igual va a su sesión, en la que llueven papelitos dorados, dice, llueven esvásticas tiradas desde arriba. En ese marco se realiza el primer análisis de Hilda Doolitle.

El encuentro de ella con Freud, tiene sus antecedentes y ella los da un poco a conocer. Yo me ocupé también de averiguar quién era antes. Lo más asible para mí fue la lectura de sus poemas, que tiene una historia poética linda.

Cuando tenía 16 17 años, fue novia, amiga y poeta junto a Ezra Pound. Y Pound se la lleva consigo, casi la saca de la casa, se la lleva consigo de Pennsylvania, que era el pueblito donde se habían conocido, a Nueva York.

En Nueva York hace publicar los primeros poemas de Doolitle, como siendo esos poemas parte de un movimiento poético importante, que a lo mejor lo conocen, yo no lo conocía, que fue el imaginismo.

El imaginismo fue un movimiento poético interesante, casi equivalente yo diría en el inglés, de lo que fue la poesía moderna, en el francés, que nosotros estamos más acostumbrados a ligar, yo creo que a Rimbauld.

Tenía que ver, como aquel otro movimiento francés, con querer romper las convenciones de la escritura poética. Tenía que ver con no aceptar nada del romanticismo anterior. Tenía que ver con armar la poesía casi a golpe de imagen, con muy poca ornamentación, con muy poca adjetivación, era, yo lo escribí, para decirlo más claro, porque me parece que hay, en el estilo poético de Doolitle, la posibilidad de ir pensando cómo llega a Freud esta mujer que escribe así.

Lo escribí de este modo:

Si se leen los poemas tempranos de Doolitle, se encuentra lo que se dice el imaginismo como movimiento, tanto que la producción poética de Pound y de Doolitle, son el punto de partida y la consumación de lo que se llamó el movimiento imaginista, más allá que haya en ese movimiento otros representantes menores. Las características más fuertes de la poesía iluminista, son la yuxtaposición de detalles fragmentarios, la fuerza de imágenes materiales, consistentes, pregnantes, sin fisuras, que se proponen sugerir sin adornos y con la verticalidad que se presenta un objeto a la mirada, relaciones que no están a la vista. O sea, es como si materialmente se intentará transmitir, algo que es absolutamente abstracto y producto del pensamiento, así es esta poesía.

El especifismo que caracteriza los poemas de Doolitle, el tono de nada por hacer, ya todo está jugado y sin remedio, la orfandad que surge cuando rompe con lo poéticamente anterior, con lo convencional, se parece menos a un acto de creación, que a un acto de descubrimiento, de no tener herencia, es como si no hubiera de dónde tomar para seguir adelante. En lo nuevo, lo producido, se debiera imponer, con lo anterior, pero con poca esperanza en la vía, en que tenga cause.

Mucha poesía de Doolitle si la leen, cuando la lean, hay algunos libritos traducidos, tiene algo muy parecido a una cuestión que puso en diálogo a Romand Rolland con Freud, la cuestión del sentimiento oceánico.

Hilda Doolitle escribe a la manera del sentimiento oceánico, este sentimiento habita su poesía, y además de poblar sus poemas, esta mujer hace del sentimiento oceánico, casi una manera de vida, para escribir, por escribir, después de escribir.

Toda su experiencia vital es casi un éxtasis permanente, una especie de comunión mística permanente, que revela, como les decía antes, como contrapartida, y esto me parece una buena lectura de la mística y del sentimiento oceánico, que rebela como contrapartida el sentimiento, y está mal que lo nombre como sentimiento, la situación, la concreta situación de estar desarmado, de estar deshecho, de estar fragmentado.

Creo que esta especie de propuesta de unidad tan global, donde todo corresponde muy bien responde a, menos mal que está el mundo porque todavía me puedo caer pero en realidad ando por el borde.

El sentimiento oceánico, si uno lo lee bien, es estar en el bordecito, donde ya no hay qué. Esta es la poesía de Doolitle.

Y llega al análisis con Freud esta mujer, 47 años tenía ella, 77 años tenía Freud, con sus, lo que ella llama, sus objetos predilectos, sus objetos atesorados, sobre los que quiere hablar con Freud. Y son sus experiencias, sus sueños compactos.

Son como el relato, porque los cuenta, y así se los contó a Freud, eso es lo interesante de este libro, porque tiene este tipo de información, le dije a Freud, no le dije a Freud esto, no le pude decir esto, me preocupa esto y de esto que me preocupa no pude hablar con él. Y al mismo tiempo, todo el tiempo dice, Freud dijo, Freud contó, Freud entregó, Freud hizo. Todo el tiempo cuenta qué hizo Freud en ese análisis.

Y para mí, parte del interés en este texto, tiene que ver con las cosas que Freud dijo por supuesto, pero cómo las cosas que Freud dijo, siempre tuvieron a su alrededor, alguna cosa que Freud arrimó desde su presencia, desde su hacer, no solo desde su decir. Esto me resultó riquísimo.

Con el relato de situaciones entre alucinatorias y oniroides, con el relato de experiencias que para ella son como objetos, que portaba hacía ya mucho tiempo, sobre los que quería preguntar, porque su fijeza, porque su imposibilidad de ponerlos en curso, se le presentaban con la misma intensidad anonadante una y otra vez, esta mujer tiene visiones, y dice estar ante estas visiones en las mismas condiciones en las que estaba cuando las tuvo por primera vez. Se le pueden volver a presentar y son las mismas, tienen ese carácter de volvérsele a imponer, y de dejarla casi nadificada porque se presentan del mismo modo.

Cuando viaja a Viena, y se pregunta por qué está ahí por qué vine a ver al maestro, o al profesor, así le decía a Freud, por qué vine a ver al viejo.

Hay un poema, les conté que son dos versiones, lo que no les conté es que hay una tercera versión, que no está en el libro, que es ese poema. El poema se llama El maestro, yo no lo pude traducir todo, pero tengo algunas puntitas de la traducción, y me parece que el tributo realmente es ese, que una poeta pueda, pueda hablar de su analista y de su análisis, porque Freud se ocupa, después lo vamos a ver, de todo el tiempo correrse de este, no es conmigo, es con el análisis, no soy yo, es el análisis.

Cuando viaja a Viena a ver a Freud, dice que viaja para prepararse para la guerra que se viene, esa guerra que está temiendo desde la guerra anterior, desde la guerra pasada, que fue el marco desde donde le llegaron y se instalaron estas experiencias en bloque.

Les traje como recortada del libro, una escena que es como inaugural del encuentro de ella con Freud, que se repite en las dos versiones. Contadas con diferentes palabras, pero es bastante similar. En la página 145 cuenta el primer encuentro de Doolitle con Freud. Me parece que el relato, si el tiempo lo permite, va a ser así, voy a ir del libro a lo que más o menos fui armando.

Como este es el relato hecho a memoria, está hecho diez años después, les leo como lo introduce:

He dicho, que me dejaría llevar por estas impresiones en lugar de conducirlas. - ésta es su propuesta, cuando ella hace el diario lo que dice es, no voy a contar lo que pasó, sino que me voy a dejar contar por lo que digo, me voy a dejar localizar por lo que escribo, por lo que recuerdo, es casi una técnica de escritura la que quiere utilizar- La primera de todas me vuelve al principio, a mi primera sesión con el Profesor. Paula , - que era la mucama -, ha abierto la puerta, (aunque en ese momento no sé que la bella doncella vienesa se llamaba Paula). Me ha quitado el abrigo y me dice algo a modo de bienvenida que me incomoda ligeramente, porque pienso en inglés, y sólo se me ocurren palabras inglesas. Me ha introducido en la sala de espera con las cortinas de encaje en la ventana, con fotografías enmarcadas de celebridades, algunas de las cuales conozco personalmente.

Era una mujer muy culta, y creo que la cultura era el espacio de la resistencia en este análisis. Después vamos a ver si podemos trabajar eso.

El Dr. Havelock Ellis y el Dr. Hanns Sachs, me miran, familiares pero un poco distorsionadas en sus marcos bajo el vidrio que refleja. Está el modesto diploma enmarcado, conservado como un tesoro, de la pequeña universidad de Nueva Inglaterra, que más tarde examiné, y la alegoría macabra, detallada, realizada en el estilo de Durero, del "Enterrado Vivo" o algo semejante. Espero en esta habitación. Sé que el Prof. Dr. Sigmund Freud abrirá la puerta que está ante de mí. Aunque lo sé, y he venido preparándome durante algunos meses para esta ordalía, estoy, con todo, desconcertada, sorprendida, incluso impresionada cuando se abre la puerta. Me parece, después de mi espera, que él aparece demasiado rápido.

Atravieso automáticamente la puerta. Esta se cierra. Sigmund Freud no habla. Espera que yo diga algo. Yo no puedo hablar. Miro en torno mío, Amante del arte griego, hago automáticamente un inventario del contenido de la habitación. Objetos hermosos e inapreciables se exhiben allí sobre los estantes, a derecha e izquierda.

Yo había pensado que el Guardián de la Puerta, que se haya en su elemento tras el umbral, saludaría al alma temblorosa. No ocurre así con el Profesor. Pero luego de esperar, y viendo que yo no hablaría o no podía hablar, habló él. Lo que dijo, - y me pareció que de un modo triste – fue, "Usted es la única persona que al entrar en esta habitación, miró las cosas que hay en ella antes de mirarme a mí"

Pero lo que siguió fue peor. Una criatura semejante a un león se me acercó caminando blandamente, semejante a una leona en realidad. Había salido del santuario interior, - después les cuento lo del santuario interior- o había aparecido de debajo o de detrás del diván; de cualquier modo continuaba su camino sobre la alfombra. Turbada, tímida, anonadada me incliné para saludarla. Pero el Profesor dijo, "No la toque; muerde; es muy mañosa con los extraños". ¿Extraños? ¿Acaso el Alma que cruza el umbral es una extraña para el Guardián de la Puerta? Así parece. Pero, aunque no sea una gran amante de los perros, éstos me gustan y a veces "gustan" de mí de una manera extraña y a veces inesperadamente Si esta es una excepción, me dispongo a correr el riesgo. No intimidada pero afligida por la actitud un poco prohibitiva del Profesor, no solamente continúo mi gesto hacia el perrito, sino que me agacho a su lado de modo que pueda morder mejor si quiere hacerlo. Yofi -se llama Yofi- mete el hocico en mi mano y frota la cabeza con delicada simpatía, contra mi hombro.

Este encuentro, para mí es importante, porque pone el análisis en una vía de andar, que entra por un lado que a mí me resulta rico que es el lado de los objetos. Esta mujer llega ahí y lo primero que ve son los objetos.

Y no ve cualquier objeto, ve los objetos que Freud colecciona, ve esos objetos, estatuillas, anillos, sellos, que Freud tiene en su consultorio a la manera de, me parece a mí, algo que necesita tener porque sostiene, es complicado de decir, su teoría del psiquismo.

Freud le decía, también en El Malestar en la Cultura a Romand Rolland, que el psiquismo era como un viaje por la Roma, que podía conservar, en el que nada se perdía, todos los niveles, todas las experiencias, todo lo que había, estaba ahí, se podía rastrear ahí, solo que en hueco. O sea, está en las excavaciones, está en los lugares, están las marcas donde estuvieron las cosas.

Así, los objetos del consultorio de Freud, ocupan ese espacio, son el sostén material de esa idea.

Un sostén material interesante porque tiene algo fetichizado, está ahí en concreto.

Entonces, mi hipótesis de lectura era esta. En este encuentro que a mí me importaba indagar, en este encuentro en el que a mí me interesa construir por donde, como se armó la transferencia, esta es mi pregunta, ¿se habrá construido un espacio, que quitó solidez, que quitó compacidad, que quitó consistencia, que quitó peso de objeto concreto, tanto a los objetos de colección para Freud, como las experiencias de Doolitle para Doolitle?

Freud contaba con esos objetos que eran para él casi la prueba de la vacilación en una confianza, en que el psiquismo, estratos o no estratos se muestra produciendo, se muestra en lo que viene después. En cambio ahí estaban los estratos casi personificados.

Hilda Doolitle era poeta, también sabía que la poesía se hace haciéndola y sin embargo guardaba esas experiencias del mismo modo en que Freud guardaba esos objetos, los atesoraba, había hecho de ellas sus objetos.

Mi pregunta es, si en ese lugar, donde se encontraron estos dos, en ese espacio raro que creo que en La Dinámica de la Transferencia Freud llama el espacio donde se encuentran el oso polar y la ballena, diciendo que ahí se encuentra lo inencontrable, ahí el conflicto puede plantearse porque la transferencia es el espacio donde todo puede adjuntarse, derivar y pasar a otra, mi pregunta era si el espacio de ese análisis había funcionado así, un espacio que había sido capaz de producir una transformación, en esos objetos preciados, tanto de Freud como de Doolitle, en la apreciación de esos objetos preciados.

Si esos objetos preciados se habrán podido sacudir de consistencia, si han podido dejar más abierto el hueco para que allí la experiencia transformara eso en otra cosa. Esta es la pregunta que en realidad organiza mi trabajo.

Había terminado leyéndoles esta primera experiencia de Doolitle con Freud, de este encuentro.

De los objetos propios que llevó a este encuentro, de los de Freud, Hilda Doolitle habla en la página 140 del recuerdo. Pesquisar con qué fue ella, con qué lo supone a él, esto lo encontramos, con qué fue ella, lo dice así.

Ésta es la colección Doolitle. También la presenta, porque este es el recuerdo hecho a tiempo, y a mí me gusta como ella presenta lo que le va pasando. Empieza así el capítulo:

Las palabras vuelven con singular frescura e intensidad, ahora que, luego de esta larga espera, puedo recordar aquellas sesiones de Viena, sin un terror insoportable y sin un desfallecimiento aterrador. La guerra se cernía sobre nosotros, antes de que yo tuviera tiempo – miren como son objetos clasificables - de clasificar, de revivir, y de reunir, la serie singular de acontecimientos y de sueños que pertenecían según el tiempo histórico al período de 1914/1919.

Ella ha llevado ahí, cosas para ordenar, para clasificar. En realidad creo que ha llevado cosas que quiere desprender, que quiere soltar. Y el análisis funciona como el espacio donde eso puede ser soltado.

Este primer encuentro es decisivo. A partir de allí se verá, si puedo mostrarlo, cómo Freud se instala, casi brutalmente, en la dimensión amorosa que abre la transferencia, y como se dibuja y se realiza un espacio, dado simultáneamente por el juego de palabras, ella lo cuenta lindo, dice: jugamos a las esquinitas, cambiamos las palabras de lugar, las dimos vuelta, sustituimos unas palabras por otras, nos dejamos llevar por las palabras. Pero junto con esto, está permanentemente la presencia de estos objetos. Para mí es tan importante un jugar como el otro, en esta cura.

Se verá entonces cómo Freud instala casi brutalmente la dimensión amorosa que abre la transferencia, simultáneamente habitado ese espacio por el juego de las palabras y por los restos.

Los objetos, van a ver por qué, empiezan a funcionar como restos.

Los objetos que rodean este encuentro, comienzan a transformarse por acción de Freud en restos diurnos, que permiten, ojalá que esto pueda ser claro, el anclaje transferencial de la densa mitología con la que esta mujer se ha presentado, sus experiencias en bloque, su temor mitológico en bloque, empieza a utilizar los pequeños objetos, Freud, para que funcionen como restos diurnos que atraen esto al espacio del análisis.

De la iniciación del tratamiento dice un tramo del análisis en la página 162, esto es, cómo Freud instala lo que yo creo es ya la iniciación del tratamiento. Se arma así.

Está Hilda Doolitle recostada en el diván recordando eso, y dice:

"No sabía qué lo había enojado súbitamente, me volví y salí del diván, los pies en el suelo, no sé exactamente qué pude haber dicho."

Y entonces, cuenta qué pasa con Freud, por qué reacciona así o qué es lo que le parece:

"Golpea mi diván, da unos golpes que me hacen saltar de él y dice, el problema es que yo soy un hombre viejo, que usted no cree que valga la pena amarme. Así comienza. El impacto de estas palabras fue terrible, simplemente no sentí nada, nada. Qué esperaba él que yo dijera, era exactamente como si el ser supremo hubiera golpeado con el puño sobre el respaldo del diván donde yo yacía. Por qué hizo esto, debía saberlo todo o no sabía nada, debía saber lo que yo sentía, tal vez lo sabía, quizás se trataba de eso".

Me parece que este movimiento de Freud rompe en algo la compacidad alucinatoria que rodea a esta mujer, en estos objetos. Me parece que ahí se abren otros espacios.

Y Freud lo nombra con todas las letras, dice, se trata del amor y parece como si yo fuera viejo, y pone la temporalidad ahí a cuenta de su vejez, que no es la buena manera en que la temporalidad habita, pero la introduce así, parece que él dice, usted no me ama porque yo soy viejo.

En realidad lo que le está diciendo a Doolitle, tiene un alcance que si se lee el libro se descubre, usted no me ama porque tiene miedo de que las cosas perezcan, usted no se mete con las cosas, porque tiene miedo, por su carácter temporal, usted juega al gran tiempo, al tiempo donde las cosas no se consumen, al tiempo del mito, al tiempo de los objetos, al tiempo de las experiencias tipo sentimiento oceánico, pero a esto, de instalar el amor en este espacio, usted no puede, es, porque dice Freud, porque yo soy viejo. Vamos a ver qué deriva tiene esto después.

Pero me parece que lo que arma Freud acá es el espacio, se trata del amor, se trata del tiempo y hace otra intervención muy linda, que no sé si está registrada, por ahí aparece después, que tiene que ver con la temporalidad de las sesiones.

Le dice, Hilda Doolitle era una de esas que miran el reloj a cada rato, le dice, usted no puede hacer eso, el tiempo acá lo dirijo yo. Es importante, el tiempo lo decido yo.

Creo que libera a esta mujer de algo con relación al tiempo, y que ha podido armar un espacio del amor ahí, y de una temporalidad ahí. Ahora, lo que venga, tendrá que ser transferencial o no será, sea lo que sea que venga.

Cuando se inicia el análisis, el relato muestra que se van perfilando como en simultáneas dos modalidades de trabajo.

Una que Doolitle cuenta en términos de jugar a las palabras: anudamientos, desanudamientos, sustituciones. Para los dos, estaban como sometidas a un tratamiento diferente pero funcionaron como lugar de encuentro.

Junto al registro del juego con las palabras, superpuesto con él, y aquí distinguible en el tratamiento hasta que se produce la separación, otro terreno se recorta más allá de las puertas dobles donde Freud guarda sus tesoros, los objetos de colección. Allí está el cofre de los restos diurnos. Con ellos se va a organizar el pasaje del mundo fantástico, el mundo de las experiencias en bloque que trae Doolitle a la cura, el enjambre de experiencias, alucinaciones, fantasías que dice haber trabajado con él, acá se va a poner todo eso como si se transformara en la puesta en acto de una novela como si algo del espacio de la apropiación, de ese mazacote simbólico que presenta se hubiera ido dibujando en la cura.

Al punto que yo creo que este tratamiento podría contarse de manera que alguien llegó con la mitología y se fue con su mitito individual, se fue con su novela, se fue con su plateo de sí. Pudo encontrar en ese mundo tan compacto un lugar, ubicarse en un lugar, hablar desde ese lugar y armar su historia desde ese lugar. Ese es el movimiento que me parece que se hizo.

Bueno ahora lo que yo quiero contarles, yo creo que resulta medio tirado de los pelos que les cuente esto que yo leí un mes, no, un poco más. Porque cuando yo me encontré con María y me sugirió venir acá, yo estaba leyendo esto. Después dejé de leer esto y cuando se empezó a acercar la fecha lo empecé a andar de adelante para atrás, de manera que para mí esto es casi familiar, y para ustedes parece nuevo.

O sea que resulta violento que yo les cuente con tanta naturalidad cosas que para ustedes todavía no están ni dichas ahí. Pero realmente, invito a leer el libro e invito a que tengamos algún encuentro en otro momento con ustedes, el libro leído y con algunas cosas para conversar y discutir. Porque me importaría bastante que pudiéramos en algún momento dialogar.

El tratamiento de las alucinaciones y las experiencias.

Los relámpagos de visión de Hilda Doolitle, las alucinaciones que va a contar, las experiencias sobre las que interroga Freud, son casi transformados en situables en la cura, por Freud.

Parece haber descubierto en esos objetos que fascinaron a Doolitle cuando entró, en la primera visita, la chance de instalar estas experiencias visionarias en el terreno transferencial.

Se ve a Freud, arrimando el resto diurno cada vez. Encuentro un ejemplo en la página 214, a ver si sirve, después les voy a contar bien qué es pero uno de los "objetos" fantasmáticos que esta mujer le presenta a Freud, le dice, qué es esto, por qué me pasa esto, por qué padezco esto, es una historia de amor. Después les cuento como es esta historia de amor, es interesante por como se dibuja.

Pero el personaje, el protagonista de esta historia de amor, es un tipo que no se sabe si alguna vez existió, se le aparecía. Y ella cuenta encuentros con él que uno no sabe si son reales, si son soñados, si son alucinatorios. Y Freud no se preocupa por el carácter de esas experiencias, si fue un sueño, si aconteció realmente eso, no le importa eso, trabaja eso como algo que vino acá. Pero, ¿cómo lo trabaja en este caso?

El hombre este se llamaba Van Eck, de apellido, así lo nombra Doolitle. Entonces, cuando está trabajando esta historieta que después les voy a presentar, en una sesión, este es el diario, Hilda Doolitle dice:

"Me interrogó acerca de Van Eck; ¿era un hombre austríaco? Dijo. "Tengo una idea" . Salió apresuradamente y volvió con una cartera de cuero, y me mostró el nombre estampado del lado de adentro. Era Vaneck".

Yo quisiera, ustedes conocen situaciones en las que alguien fue al libro a leer lo que el paciente leyó, y decirle no, usted no plagia. Yo quisiera decirles que ese señor que fue a buscar un objeto al otro cuarto, se lo trajo y le dijo, mire, el nombre que está acá es ese nombre que usted tiene para ese personaje del que usted me habla.

No creo que se trate de constatar nada. Creo que lo que está diciendo Freud con este movimiento es, el resto diurno está en Viena, está en Austria, puede estar en una carterita vienesa, trabajemos esto desde ahí, no hace falta su experiencia en bloque. Pongamos su experiencia a tramitarse como si fuera un sueño y usted dispone de los restos diurnos, que por eso está tan loca, que por eso son así, yo puedo arrimar algo que funcione como resto diurno.

Me parece que este es el movimiento y el uso que Freud hace de todos los elementos del consultorio.

Me parece, en otro registro, que esto es lo que hace un analista cuando arma su consultorio, cuando dispone con qué, está su consultorio armado, está armando una batería de objetos, que se llamarán encuadre, diván, se llamarán horarios, se llamará contrato.

Me parece que este es el valor que tienen, estas cosas que arman el dispositivo analítico. Tienen una concreción, porque son reales, son materiales pero funcionan porque en ellos hay algo que permite un cavado, a partir de lo material.

Se ve a Freud entonces, arrimando restos diurnos cada vez, haciendo enlace del que Hilda Doolitle no dispone y en cada una de las interpretaciones se descubre el movimiento de Freud, apuntando siempre a descomprimir de dramaticidad, de opacidad, las impactantes escenas que Doolitle trae al análisis.

Una marca en el orillo, un vaso griego de la colección, pasan a ser un objeto provisorio e insignificante, un restito que parece ser el elegido para transformar la escena fetichizada en la posibilidad de soñar en transferencia, de armar los sueños allí.

En Escrito en la Pared, Doolitle, introduce los objetos que le lleva Freud de esta manera:

"Habían ocurrido cosas en mi vida, imágenes, sueños verdaderos, experiencias psíquicas y ocultas que se situaban, al menos superficialmente, fuera del terreno del psicoanálisis establecido".

El monto de cosa mística que hay, en las experiencias de esta mujer, se acerca muchisimo a los postulados de muchos personajes de la historia de Freud.

A esta mujer Jung la hubiera curado hablándole de los arquetipos o hubiera intentado curarla hablándole de los arquetipos.

A esta mujer Ferenczi la hubiera intentado curar leyéndole la transferencia recíproca o proponiéndole esta especie de entrega absoluta al psicoanalista.

Freud cuando encara a esta mujer de esta manera está hablando con Jung, está hablando con Ferenczi, este es un espacio transferencial en serio, no es que la transferencia afecta solo a un polo.

La transferencia arma un espacio donde se juega otra historia, y es el espacio de otra historia el que se ve dibujándose acá para Doolitle como para Freud.

Doolitle dice entonces:

"Habían ocurrido cosas en mi vida, imágenes, sueños verdaderos, experiencias psíquicas y ocultas que se situaron al menos superficialmente fuera del terreno del psicoanálisis establecido, pero ahora estoy trabajando con Freud y quiero su opinión sobre esta serie de acontecimientos. – ella dice serie de acontecimientos, ya la transferencia algo produjo, está como ordenando- Antes de encontrarme con él había pedido ayuda a dos o tres personas extremadamente sabias y no me había servido de nada, no habían sido capaces de enterrar –esto lo dice ella- por decir así, el fantasma. Si el profesor no podía hacerlo, pensé, nadie podría. Escribir acerca de las experiencias no había sido un buen modo para librarme de ellas, lo había intentado, y era inútil contar la historia en el aire repetidamente."

Yo elegí, entre los dos textos que arman este librito, tres de esas experiencias alucinatorias, tres de esos sueños verdaderos.

Traté de pesquisar como estaban organizadas en el relato, pude ubicar su aparición, en el momento transferencial que se podía construir ahí.

Traté de pensar qué función podían tener y traté de pesquisar la respuesta de Freud ante la emergencia de esas experiencias en cada caso.

Junto con el rastreo de esta especie de encaminamiento permanente de Freud, que hace concluir esas experiencias siempre en el ámbito de la cura, valiéndose de algún resto, el movimiento es siempre el mismo, pero aún así estas experiencias son recortables en sí misma.

Me interesa tomar tres anudamientos fallidos, que está entre lo fantástico de esta mujer y lo histórico.

Me interesa pesquisar la forma en que Freud los transforma en transferenciales.

Con cada uno de esos restos visuales en bruto es posible conectar algo que se presenta como inconexo, de modo que Hilda Doolitle parece vivir en la brecha que se crea entre dos niveles de realidad igualmente consistentes, entre un mundo fantástico y mitológico por un lado, inflado, mágico, aterrorizador, y por otro, el relato de situaciones cotidianas igualmente abrumadoras. Había tenido momentos vitales muy duros antes de que estas experiencias fueran, había pasado por experiencias muy densas.

Lo interesante es que no están conectadas por ella, las experiencias con estas escenas, las experiencias vitales con estas experiencias visionarias. Hay un puente entre ambas, puede contar muy huérfana, su historia de vida, puede contar como muy fascinada, como objetos preciosos, estas experiencias. No hay lazo que permita ligarlas, ponerlas en relación, esto se hace en el análisis.

De la vida de ella pocas cosas, pero estas, una vez que se va con Pound. Fue siempre una mujer que tuvo fácil acceso a los hombres por la vía de la cultura. Pound fue un amor y además alguien que la respetaba y hay un escritor que escribió La serpiente emplumada, D H Lawrence, que es maravilloso, que también habría que leer, que tiene con ella una historia muy especial y que transferencialmente fue importantísimo Freud, para poder armar la historia Lawrence.

Me gusta de Lawrence algunas cosas, por ejemplo, se llama D H y ella se llama H D. Este juego que se le arma con Lawrence es casi desarmable si uno lee el relato del análisis. Pero, ¿por qué venía esto? Porque yo decía, esta mujer conoce a Pound, conoce a Lowrence, entra en el apogeo de su productividad poética, es respetada, es conocida, y en determinado momento algo se quiebra.

Llega la Primera Guerra Mundial, y en la Primera Guerra Mundial muere su hermano, un hermano menor, aviador. El padre de ella, después de la muerte de su hermano se suicida, se suicida o se muere, creo que se suicida, esto sería importante y no lo tengo fresco ahora. Ella misma pierde, en ese mismo momento un primer embarazo, nace un hijo muerto en realidad, o sea, montones de experiencias bastante terribles se juntan en el antes de la aparición de estas experiencias fantásticas.

Lo que falta allí, me parece todo el tiempo, es la conexión. El trabajo de Freud es siempre el mismo. La interpretación tuvo siempre como amarre transferencial, para las palabras, esta dimensión creada a partir de la fascinación por los objetos presentes.

Se lo ve después de iniciar el tratamiento, acompañar el recorrido de este juego de presentación de los recuerdos, de imágenes, con restos nimios, con objetos ridículos. Como dice H D en Escrito en la Pared , dice, después de todo, lo que él me arrimaba eran ridiculeces, era basura, para ella, eran pequeñeces. Mirado desde acá el petróleo que decía descubrir, no era tal.

Es muy lindo esta posibilidad que ella tiene de decir, eso que fue tan valioso en su momento, visto desde acá, se transforma en algo que en sí mismo no consistía, que en sí mismo no tenía valor.

Les cuento como trabaja Freud una de las experiencias. Tiene que ver con Van Eck, se acuerdan el que ella había inventado y Freud le dice, mire, acá esta la cartera que da la prueba.

Yo lo leí así, esto de Van Eck, me gustó leerlo así, no sé si lo voy a poder transmitir bien.

Hilda Doolitle comenzó el Escrito en la Pared, yo les había comentado, un tiempo después y sin apoyo de las notas, que habían quedado en Suiza. No dice por qué ha vuelto al análisis con Freud, hasta bastante más adelante. Pero en realidad, Escrito en la Pared, tiene con relación a Advenimiento que es el diario, una cosa más, un aditamento, que es que ahí cuenta su segundo análisis con Freud, no solo el primero.

Lo que me interesa no es su segundo análisis con Freud, que me parece que tuvo que ver con regresar para ver si Freud había sobrevivido, ahora les cuento.

Lo que me interesa de esto, es que con ocasión del segundo análisis, ella cuenta como si siempre hubiera estado ahí, como si el diario lo hubiera tenido presente, y dando cuenta de por qué volvió, cuenta de algo que ocurría, en el lapso de sus sesiones, de las que iba registrando, que ocurría todos los días, ahí había un personaje cotidiano, el paciente de la hora anterior, que se llamaba van der Leew.

De van der Leew, H D en el diario no dice ni una palabra, no menciona nunca nada.

Cuando uno lee la reconstrucción después de muchos años, descubre que van der Leew y Doolitle, habían tenido una relación bastante fluida, se encontraban, alguna vez tuvieron que combinar un cambio de horario. Ella estaba bastante celosa de este personaje que casi le funciona como un hermano con relación a Freud.

Van der Leew es una presencia muy grata, yo trato de leerles como anoté las cosas.

Cuando Hilda Doolitle cuenta por qué volvió, lo hizo después de haber leído en los diarios, la muerte de van der Leew, el paciente de la hora anterior.

Es ventajoso contar con las dos versiones de la experiencia, porque el hecho de que el diario no mencione nunca la existencia de un personaje tan cotidiano entonces, le da a van der Leew el estatuto de un personaje clave, acá hay algo que faltó o que no está.

Van der Leew no aparece en el diario, aunque el diario está densamente poblado por experiencias oniroides y ningún personaje masculino, de existencia nunca comprobada, con el que Hilda Doolitle dice haber tenido mágicos encuentros amorosos, frecuentes, pero incorroborables.

El valor de Van Eck, el personaje oniroide, es localizable y pesquizable gracias a que están estas dos versiones. Es notable el contraste entre la frecuencia arborizante en las que aparecen las experiencias con este personaje y la consecuente ausencia de toda mención en el diario de este personaje tan real, tan cotidiano, que fue van der Leew, el paciente de la hora anterior, de cuya asidua concurrencia a Berggasse, de cuyos intercambios a propósito de los cambios de horario, el lector solo se va a enterar al leer Escrito en la Pared, a pesar de que este hombre real y de presencia cotidiana en el consultorio de Freud, estuvo siempre allí durante las sesiones del ‘33.

En el ‘34, antes de volver a su segundo análisis, Hilda Doolitle lee los diarios, descubre que este hombre ha muerto en un vuelo y viaja a Viena, y le explica a Freud por qué. Le dice, usted tiene 77 años, tenía 77años cuando yo lo conocí, yo tenía entonces 47, van der Leew era más joven que nosotros dos.

Ustedes sabían de van der Leew, lo conocían como el holandés errante, era verdad, van der leu era un teósofo muy inteligente, y formaba parte de pacientes a los que Freud llamaba, según ella me hace saber, entre pacientes y discípulos. Van der Leew iba a practicar el psicoanálisis y a aprender el psicoanálisis con Freud.

Y, según el mito que se construye Hilda Doolitle, era alguien que con su avioncito, viajaba para llevar el psicoanálisis de Freud a distintos lugares del mundo.

La ausencia de van der Leew en el diario de análisis es curiosa, contrasta con el exceso de presencia de ese Van Eck fantástico del que le habla a Freud con abundancia describiendo sus encuentros amorosos y románticos, como un austríaco misterioso y seductor que conoció en Grecia.

El diario en cambio, muestra bien la posición de Freud ante esta cuestión. Una de las sesiones está contada así, y acá cuenta Doolitle lo que yo les dije: su Van Eck está hecho con la marca de la cartera austríaca, su Van Eck tiene que tener su arraigo acá.

Y efectivamente creo que cuando uno lee a van der Leew, como habiendo estado siempre, puede armar esto legítimamente, puede leer esto que Freud dice, no importa qué pasaba con el Van Eck anterior, importa esta posibilidad de enlace, este trabajo que se hizo ahí.

Otra experiencia, yo doy esta por terminada, creo que no fue muy clara, pero más o menos expuesta, paso a otra, lo que se arma ahí es el puente, y el puente tuvo que ver con arrimar ahí un objeto, un objeto consistente pero un objeto nada, que de última es una ridiculez.

Otra experiencia, visión cuidadosamente conservada y contada a Freud por Doolitle, es la de Corfú. Acá a mí me gusta esto, me gusta personalmente. ¿Ustedes se acuerdan de un recuerdo, Un trastorno de la memoria en la Acrópolis? ¿Ese texto que Freud le regala a Romand Rolland, y le cuenta que habiendo querido ir con su hermano a Corfú, no pudo ir a Corfú y se fue a Atenas, y en Atenas, ahí mismo en la acrópolis, tiene una experiencia, Freud, de irrealidad, en el sentido de que esto que está acá no puede ser real?

Que parece bastante el tono de las experiencias que le ha traído Doolitle, tiene algo de ese sentimiento de lo extraño.

Freud, había querido ir a Corfú y había terminado en Atenas. Hilda Doolitle había querido ir a Atenas, y resulta que termina en Corfú. En otro tiempo, en otro lugar, pero ahí se produce un cruce, en los dichos nada más.

Hacia 1918 llevaron a Hilda Doolitle, junto a la noticia de la muerte de su padre y a la muerte de su hermano menor en Francia. Ella embarazada, padecía entonces una neumonía que ponía en riesgo la vida de su segundo hijo, era el segundo intento, después del hijo que había nacido muerto años antes.

Para reponerse, viaja con una amiga que se hace cargo de ella y de la criatura a Grecia. Desde Atenas intentan llegar a Delfos, pero son detenidas en Corfú. Allí Hilda Doolitle tiene una experiencia extraña, según cuenta en el escrito, que fue la que más le preocupó a Freud. Freud le da a esta experiencia el carácter de una señal de peligro, el carácter de un síntoma peligroso, de una tendencia peligrosa.

Como hay poco tiempo, lo que voy a proponerles es lo siguiente: yo dejo este escrito, y si quieren, jugando a la misma cuestión del soporte en los objetos, dejo el libro.

Mi propuesta es, hagan con esto lo que puedan, mi idea es, con relación a lo que les vine a contar, que para esta mujer y para Freud, en este espacio, se creo otro espacio, que sirvió para que Freud se pudiera meter a escribir Moisés y el monoteísmo, que es una especie de novela histórica que cuenta cómo puede lo olvidado ser transmitido sin tomar apoyo en ninguna cosa.

Freud inventa una novela histórica ahí, y arma un Moisés a partir de casi nada, a partir de la creación.

Me parece que la persistencia de los objetos de colección, que Freud juntaba, se transforma en otra cosa cuando Freud escribe el Moisés, se transforma en algo de otro orden.

La poesía de Doolitle, de verdad, esto es fácilmente rastreable, se transforma en otra cosa. Doolitle empieza a escribir cuentos infantiles, novelas, poemas de otro calibre, de otra densidad en los que ella está presente. Me gustaría poder leer, aunque sean unos párrafos de la poesía, El Maestro, digo, el encuentro transferencial pasó por ahí y los objetos tuvieron su razón de ser.

Lo que hizo Freud es permitir que el empalme entre lo primario, eso que da cuenta de la presentación de alucinaciones, y lo secundario, eso que se crea en el recuerdo, que nos aparece después, se produjera bien, se produjera con puentes. Los objetos tuvieron que ver con este puenteo, no por su consistencia, no por lo que fueron, por el espacio que permitieron cavar.

En determinado momento, el objeto fue Freud mismo. Hilda Doolitle pone a Freud ahí como si fuera un resto diurno más y Freud dice no, esto es el análisis, no soy yo.

Lo pone ahí para armar, lo que yo les diría que es como la escena primaria, ella dice, Freud, madre - padre y Freud le dice no, el análisis madre – padre, de acá usted podrá salir con madre y padre, o con madre y menos padre, pero lo que hace es esta cosa, también él correrse, también él, dejara vacío el lugar.

Es más o menos esto, es lindísimo de leer, no creí que el tiempo fuera tan poco. En realidad, vine pensando que era muchisimo tiempo y que no iba a tener qué decir, la experiencia fue que el tiempo no me alcanzó. Entonces, voy a pasarles el escrito y voy a dejarles el libro, como para que la experiencia sea consecuente con la lectura, muchas gracias.

Notas

1 Desgrabación a cargo de Lic. Gisela Pereira

2 H.D. Tributo a Freud. Ed. Schapire

Buenos Aires, 10 de Septiembre de 2002

HOSPITAL DE EMERGENCIAS PSIQUIÁTRICAS "DR. TORCUATO DE ALVEAR"

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