Investigación à Psicoanálisis

Trabajos de Investigación Clínica y de Inserción del Psicoanálisis en diversas Áreas Temáticas
Niñez, Adolescencia y Familia en situación de riesgo y exclusión social
¿qué es lo que el psicoanálisis puede aportar?

De habitar el espacio a ocupar un lugar ...1
Reflexiones acerca de un posible quehacer del psicoanalista
en el trabajo con chicos en situación de calle

Vanesa S. Calafell 2

El escrito que presento, se ubica en el marco de una propuesta de trabajo novedosa, dentro del Departamento de Atención Integral a Chicos de la Calle, dependiente de la Secretaría de Promoción Social del G. C. B. A. Tal departamento cuenta con un programa de atención para chicos de hasta 18 años de edad. Posee un Centro de Día, el CAINA, donde pueden asistir voluntariamente para asearse, comer, realizar distintas actividades y al mismo tiempo establecer algún vínculo con los profesionales que allí trabajan. Desde el año 98 cuenta además con un «Hogar de Tránsito», en el que ingresan luego de ser evaluados y viven allí hasta tanto se los derive a un hogar permanente, regresen con sus familias, se integren a una familia de acogimiento, u otras posibilidades con las que se trabaja.

Cabe señalar que la concepción del Departamento respecto a la posibilidad de que un chico deje la calle es de modo voluntario. Ninguno es incluido en el programa si no es por su propio pedido. En éste sentido, el Departamento no tiene potestad para retirar a ningún chico de la vía pública; intenta evitar la judicialización de los casos, pero sí cuenta con recursos desde las Defensorías de menores en el caso de ser necesarios, tal como el de Protección de persona.

Desde comienzos del año 1999, la directora del departamento, convocó para una nueva experiencia a un equipo de profesionales ( 2 psicólogos, 1 médico, 2 trabajadores sociales y 1 psicopedagoga) para realizar el trabajo como Equipo Móvil, directamente en la calle, en todo el radio de la Ciudad de Buenos Aires.

El modo de trabajo se genera desde diferentes lugares: demandas de personas que se comunican telefónicamente a un 0-8003; desde los mismos chicos que puedan encontrarse en situación de calle y han accedido al número de teléfono, desde relevamientos que se realizan por las diferentes zonas de la capital, y por derivaciones directas desde otros programas u organismos del G. C. B. A. Nos dirigimos al lugar, en general de a dos profesionales, contactamos al chico, o al grupo y allí comienza el trabajo: en una dirección que va desde el contacto, al pasaje por el centro de día, hasta la derivación al hogar de tránsito, para luego concluir con las opciones anteriormente citadas —esto como el circuito más frecuente. Es entonces en este punto: en el cruce de un niño en la calle, la calle misma y una profesional donde fueron surgiendo desde el inicio interrogantes acerca de un posible quehacer desde nuestra práctica.

En la clínica con niños, por lo general estos son traídos por los padres o enviados desde distintos lugares: la escuela, el médico etc. En el encuentro del analista con el niño, podrá revelarse el lugar que dicho sujeto ocupa en la trama familiar y es en esa relación hacia donde se van a dirigir las intervenciones. Ahora bien, en los diferentes modos que posee un sujeto de enlace al Otro, que un niño pueda localizar una posición respecto de su goce, es algo que podrá producirse o no en la experiencia del análisis. En la calle, también nos encontramos sin una demanda desde el niño. El profesional se dirige al encuentro a ofertar una escucha a alguien que no pide; o que si lo hace es por lo general vía un objeto ligado a la satisfacción de alguna necesidad, pedido al que el profesional no accede, pero que tampoco rechaza, sino con el cual maniobra para permitir vehiculizar en el tiempo tal vez una demanda. Nos cruzamos entonces a éstos niños que no nos demandan y además con una particularidad que otorga el caso: se trata de niños que no son traídos a la consulta; ellos están allí como efecto de haber sido expulsados, arrojados desde la estructura familiar, a la calle. Niños desalojados del Otro, hijos desafiliados de padres que a su vez conforman familias que no se encuentran integradas al sistema de reproducción material de la sociedad, ni a la red de contención social. Gente sin trabajo, pensado el mismo en este contexto como soporte privilegiado de inscripción en la estructura social.

Respecto a los niños, vemos así dos modalidades de la expulsión. Chicos que se encuentran en la calle pidiendo dinero para llevar cada día a sus hogares, por lo común con la exigencia de un monto mínimo, y aquellos chicos que luego de un tiempo o por distintos motivos ya no regresan a sus casas, permaneciendo en la calle, sosteniendo en muchos casos la ilusión de haberse quitado de sus espaldas a un Otro gozador.

Recorte de un caso:

Conocimos a un grupo de hermanos que venían a pedir dinero a capital en el mes de Febrero de 2000, a través del llamado de un vecino que recibimos al 0-800.

Nos contaron desde donde venían, a que hora regresaban a su casa y cuanto dinero juntaban por día. Nos despedimos, dejándoles nuestro numero de teléfono, como solemos hacer para que se comunicaran con nosotros si lo necesitan.

En el mes de Junio, una madrugada recibimos el llamado de uno de ellos, diciendo que querían hablar con nosotros ya que no podían regresar a su casa porque no habían juntado los $30 pesos que les pedían sus padres. La niña que llamó se encontraba muy angustiada. Una profesional acudió a encontrarse con los chicos, pero cuando llegó al lugar encontró también allí a la madre. Con cautela reparó en que ahora los chicos no hacían referencia al llamado anterior. Conversó con la mujer quien comentó que necesitaba enviar a los niños a pedir debido a que ella y su marido se encontraban enfermos lo que les impedía conseguir trabajo. Posteriormente a la visita nos enteramos que la señora había ido a buscar a los hijos debido al llamado telefónico de un vecino que la amenazó con dar parte a un juez —el mismo vecino que completó la suma que faltaba para llegar a los $30 pesos.

A partir de entonces hicimos varias visitas al lugar encontrando diferentes hermanos cada vez. Días después, en un nuevo llamado, la misma niña, pide que por favor yo vaya a verla al lugar. Una vez allí, encuentro a Juliana con la que converso informalmente mientras llega su hermana mayor María de 11 años, quien me saluda y de inmediato comienza a llorar. Se acerca entonces una vecina, a quien María se abraza dándome la espalda para no volver a mirarme. Tal vecina empieza a contar en voz alta con detalles las maniobras que realizaba la madre. Cómo los maltrataba si no conseguían el dinero, especialmente a María por ser la mayor etc., etc. Me dirigí a María y le dije que si bien yo me estaba enterando acerca de la situación por la vecina, todo lo que se decía sería parte de una información que yo trataría con sumo cuidado y que no sería expuesta ante su madre si ella así no lo pedía u autorizaba. Agregué además que dejaba a su criterio la posibilidad de hablar conmigo cuando lo decidiera y me retiré del lugar para ir a saludar a los hermanos que se encontraban en la vereda de enfrente. Luego de aproximadamente 10 minutos María se acerca y dice querer hablar conmigo a solas. No quiere que escuchen sus hermanos ya que podrían contarle a su madre.

Me comenta que en realidad fue ella quien realizó los diferentes llamados telefónicos y no su hermana, que es ella quien necesitaba hablar conmigo pero tenía miedo del modo en que yo fuese a actuar ya que si bien según sus palabras «no aguantaba más la situación en que vivía» dice querer mucho a su madre. Llora y comienza a relatar como puede su drama, el cual consiste entre otras cosas en el hecho de haber advertido el beneficio que obtienen los padres utilizándola a ella y a sus hermanos con el pretexto de su enfermedad. Este hallazgo es algo que María no puede aceptar y que además de dolor le genera también temor y culpa respecto de su madre.

Pide que otro interceda por ella. Otro que como ella dice: «Asuste a mi mamá, para que entienda que las cosas no son así. Para que tenga miedo de perderme y entienda que no me puede pegar como lo hace. Que si ella está enferma, tiene que buscar otra manera de tener plata». Pienso que efectivamente parece necesario que si hasta ahora no pudo suceder de otro modo, era tiempo de que alguien interceda ante su madre, aunque no bajo el modo del escarmiento. Le digo algo de esto a María, poniendo de relieve que la intervención, tendría una mayor implicancia que darle un susto a su mamá. Allí entonces tenía que producirse alguna reformulación en su pedido. Quedamos en que ella pensaría acerca de lo que habíamos conversado y luego volveríamos a hablar.

Dos días después María llama pidiendo que la pase a buscar para ir al hogar de tránsito, y una vez allí me dice que desearía que sus padres y la situación cambiara pero que de no ser esto posible prefiere no tener que regresar con ellos.

Algunas hipótesis y algunas conclusiones singulares y generales se pueden extraer con relación a este recorte. Un interrogante primero sería qué estatuto tiene este Otro para éstos niños. Se puede afirmar que los chicos del caso tienen un determinado lugar en el deseo materno; como así también que algo de la ley opera. Pero ¿sería posible hipotetizar que ella aún no termina de inscribirse?. En ese punto: ¿Una consecuencia posible sería que éstos niños queden encarnando un objeto de goce de un Otro?.

Lo que se observa son intentos de separación, que no resultan sino fallidos. En un caso, aportando dinero para aplacar a ese Otro, y en otros, dejando definitivamente a la familia. Una alternativa, posible, pareciera ser lo que realiza María, quien dice «Otro que asuste a mi mamá para que entienda que las cosas no son así, para que tenga miedo de perderme, para que si ella está enferma, entienda que tiene que buscar otra manera de tener plata». Puesta a prueba del descompletamiento en el Otro y la pregunta acerca de qué lugar podría tener si no fuera el de objeto de goce.

Por otra parte se observa, además, un intento desmedido por sostener a ese Otro como completo, como así también lo fallido de la ley a través de los denominados juegos. El «Te doy todo por dos pesos», donde varios hacen una vaquita, y luego de a uno se paran en la vía a esperar el tren. El que más aguanta sin saltar hacia afuera antes de que la locomotora lo pase por encima es el que gana el dinero y compra cerveza para todos. Y todos toman.

Otro juego lo denominan «Ruleta Rusa» . El mismo consiste en enterarse que alguien próximo está infectado de HIV y luego la mayoría del grupo intenta mantener relaciones sexuales para comprobar si zafan de contagiarse. Parece muy difícil imaginar lo relatado como juegos. Más bien la idea es que son jugados. Están jugados. El ejemplo del «pegamento» que muchos inhalan, indica una vez más la consistencia de ese Otro. Pegados, sin límite posible que se inscriba como corte.

La posición a tomar, tener en cuenta la singularidad, poder ir más allá de leer todo esto como un hecho social o económico nos ubica de acuerdo a una ética que atañe a nuestra práctica y que en éste ámbito, entre otras cuestiones, consiste en poder escuchar que detrás de la «masa en la calle» , existe un sujeto, uno por uno, que lidia de un modo particular con su goce.

El profesional opera en un borde estrecho que se manifiesta como la inmediatez entre la necesidad y algún objeto que satisfaga. La intervención se dirige a interceder ese circuito vía la palabra. En esta línea una primera diferencia se comprueba como la distancia que se ubica entre el plural y la pregunta que se formula un sujeto, por su particular habitar la calle.

En una oportunidad un niño que se encontraba en la zona de Retiro, pregunta acerca de dónde parábamos nosotros cuando éramos chicos y si también pedíamos dinero. Preguntado por tal ocurrencia, supone que seguramente debíamos pertenecer a algún grupo de ayuda o ex-chicos de la calle. El episodio fue sorpresivo, no por la pregunta del niño, sino por el efecto que le produjo el comentario sobre nuestro propósito de estar allí —o sea, no le ofrecíamos comida ni frazadas, ni le hablaríamos acerca de los infortunios de estar en la calle por experiencia propia. Teniendo en cuenta la tradición respecto a los conceptos que históricamente nombraron y atendieron a las «cuestiones sociales» ¿ Por qué motivo este chico hubiera pensado que otro no signado por lo igual pudiera ofertarle allí una escucha, desde y en el lugar de la diferencia?.

Resulta muy oportuno el ámbito mismo del trabajo a realizar: la calle como lugar de entrecruzamiento. Un lugar todo de donde se puede o no producir un recorte que puntúe un tiempo y un espacio diferente a la pura metonimia del circuito callejero.

Es una operación de separación la que compete al profesional. Un trabajo que al decir de Eric Laurent 4 implica que el niño haga el recorrido para separarse, que logre hacer que su cuerpo no sea condensador del goce de ese gran otro; que la barra recaiga sobre el Otro y que el niño no responda como objeto, lo cual se condice con la construcción del fantasma. Esa operación se produce por construcciones de ficción. Ficciones reguladoras que permiten operar de algún modo. Una ficción que permita responder a la pregunta por ese goce del Otro.

Es en esta construcción de ficción donde puede entrar en juego la Institución, el Centro de día, el Hogar de Tránsito; estructuras ficcionales que permiten realojar al niño desde el habitar el espacio a ocupar un lugar subjetivo. Lugar límite que opera como inscripción de la ley, que relanza al Otro y que posibilita la emergencia de un sujeto de deseo.

Para concluir:

Inevitablemente surge el cuestionamiento sobre las Instituciones y su función, ya que no es sólo en la estructura familiar donde lo simbólico aparece como agotado. La Promoción Social oscila entre los recursos voluntaristas y asistenciales, quedando su función abocada a brindar «a los que necesitan» lo que justo les falta —comida, ropa, espacio— reduciendo la demanda a la necesidad anulando lo que aún pueda quedar de dignidad en el sujeto.

Por otra parte queda además obstaculizada la intervención cuando desde lo social, no parece posible nominar más que utilizando la forma plural —los chicos de la calle, los sin techo—, nominaciones que llenan de sentido y que en el caso de los chicos los afilia pero bajo esa rúbrica «de la calle».

Ahora bien, lo interesante a destacar es que justamente parece ser que en estos tiempos ya no habría bocado que alcance para tapar tanto hambre, como si sólo de eso se tratara…Se produce allí entonces una brecha que hace vacilar el discurso social y es precisamente en ese espacio donde el psicoanálisis tiene algo para decir. Discurso extranjero que cabalga entre lo social, que es en donde va a operar, pero que apuesta por un sujeto. Apuesta que implica la flexibilidad necesaria para maniobrar entre ambos discursos.

Notas

1 Escrito presentado en las Jornadas 2000 del Centro de Salud Mental "Dr. Ameghino" La desesperación. Marcas Culturales y subjetivas. Recursos y límites en la institución pública. Centro Cultural San Martín, 1 2 y 3 de Noviembre de 2000.

2 Miembro del equipo de adultos turno tarde del CSM N° 3 Ameghino. Integrante del equipo móvil del Departamento de Atención Integral a chicos de la calle del GCBA.

3 El 0-800-social (776242) es el número telefónico —gratuito— del Centro de Recepción de Llamados para pedidos de intervención en asistencia social en situaciones de calle.

4 Eric Laurent. Hay un fin de análisis para los niños.


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