Trabajo y Psicoanálisis

La devaluación de la palabra

Sebastián T. Plut (*)

"Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino;
primero uno cede en las palabras y después,
poco a poco, en la cosa misma"
(Freud)

Escribo estas líneas como parte de un conjunto de reflexiones sobre los denominados problemas y patologías del desvalimiento. Es decir, aquellos desenlaces anímicos que encuentran un fragmento sustantivo de sus razones en el apremio de la vida y sus nexos con los aportes vinculares (intersubjetivos) y sociales. No es casual, entonces, que el epígrafe que encabeza esta nota corresponda a Psicología de las masas y análisis del yo, uno de los artículos que Freud dedicara a la materia. Asimismo, la frase citada, me permite presentar el problema sobre el cual quiero escribir: la relación entre las palabras y las cosas, los hechos. Sabemos que las palabras no son los hechos, pero los hechos tienen palabras que los nombran y estos pueden modificarse por vía de la palabra. Son complejos los caminos por los cuales se van transformando y complejizando los enlaces entre las palabras y las cosas, y en esa travesía se va dotando de significatividad a los procesos anímicos y comunitarios.

Hace bastante tiempo que la Argentina padece un proceso de deterioro que se va generalizando y profundizando: progresiva supresión de puestos de trabajo, ineficacia de la justicia, extensión de la violencia, aumento de la pobreza, ausencia de liderazgos políticos. Este último punto constituye un elemento central en este panorama, pues la falta de representatividad de los discursos y las acciones de la gran mayoría de los funcionarios que ocupan puestos en el gobierno alcanza dimensiones de gran magnitud. Esta "crisis de la representatividad política" –como algunos la llaman- lejos de cuestionar la democracia impone el cuestionamiento de su banalización, nos obliga a una crítica de su mera expresión formal vaciada de contenido. Esto es, la presencia de presuntos "discursos democráticos" carentes de significatividad por su desconexión con la realidad.

La sensación que uno tiene al leer los diarios, por ejemplo, es que, con excepción de algunos pocos actores sociales (que expresan demandas colectivas en torno del trabajo o la justicia), los únicos que dicen algo "lúcido", "realista" y "cierto", son los humoristas. Probablemente ello se deba a que, precisamente, toman la palabra y juegan con su significatividad y sus contradicciones, le devuelven su sentido.

Cuando un ex-presidente afirma "si decía lo que iba a hacer, no me votaban " y a posteriori de expresarlo no se derivan consecuencias, el riesgo ya es mayúsculo. En primer lugar se revela una mentira y, más grave aun, como si lo anterior fuera poco, el acto que solo como eufemismo podríamos denominar "sinceramiento" carece de efectos. Recuerdo una carta de Freud a Weiss (11/06/22) en la que le dice que " un paciente que habla en todas partes de su análisis contribuye desde el principio a hacer el análisis inocuo". En este sentido, planteo una observación acerca de la palabra devaluada. A diario escuchamos planes, promesas, etc., que solo constituyen una mezcla de mentiras y palabras carentes de sentido, palabras inocuas –como dice Freud- e inoperantes respecto de la expectativa de transformación de la realidad. Predominan discursos que podemos caracterizar como catárticos, inconsistentes y especuladores. El discurso catártico se caracteriza por la tentativa de expulsar el problema que describe y, sobre todo, anular al interlocutor reflexivo. El discurso inconsistente se distingue por no representar a quien lo pronuncia y el discurso especulador acentúa las cuentas, como privilegio de lo cuantitativo por sobre la cualidad y la significatividad. La recuperación de la subjetividad ciudadana –si se me permite tal denominación- supone, como dice Badiou, el intento organizado de transformar el lazo social.

La teoría psicoanalítica sostiene la hipótesis de que las relaciones interindividuales tienen como fin privilegiado procesar las exigencias pulsionales y, secundariamente, las que provienen de la realidad y el superyo. En el caso de las instituciones, grupos o comunidades, el triple vasallaje proviene de las aspiraciones de grupos e individuos de la propia organización o comunidad, de las tradiciones y de la realidad intra y extrainstitucional. Cada uno de estos tres sectores (realidad, tradición, aspiraciones societarias) posee sus representantes y es en sí mismo heterogéneo, con conflictos, transacciones y alianzas diversos. El modo en que una organización o sociedad específica (y en particular su líder) dé cabida a estas tres fuentes de incitaciones contiene la clave para la generación y continuidad de proyectos.

La parálisis institucional y política deriva de la falta de criterios para armonizar dife rentes posturas que posibiliten iniciar y sostener un proyecto comunitario que dé cabida a lo diverso. Un grupo dirigente ineficiente y deficitario conduce a un creciente despotismo y el lide razgo pierde legitimidad.

Al hablar del pensamiento apocalíptico, Maldavsky señala que este "condena todo proyecto, toda iniciativa comunitaria que abra el futuro a lo posible, a lo nuevo, y pesquisa y magnifica en cada producción sublimatoria los restos de una voluptuosidad irrestricta, por lo cual dicha producción queda anatematizada como introductora de la disolución en los lazos sociales" (Procesos y estructuras vinculares, Ed. Nueva Visión, 1991, pág. 267). Cuando este tipo de pensamiento es encarnado por el líder se va plasmando un despotismo creciente correlativo de una degradación de las identificaciones recíprocas. El liderazgo se va envileciendo progresivamente ante la falta de respuestas adecuadas para hallar transacciones entre las tres fuentes de exigencias. El liderazgo apocalíptico se torna cada vez menos representativo con los consiguientes efectos de supresión de la diversidad, la tendencia a una nivelación descomplejizante y la abolición de los nexos sociales de tipo solidario. El pensamiento de Kaës apunta en la misma dirección cuando afirma que "En esos casos, no existe en realidad identidad colectiva fundada sobre identificaciones mutuas, ni localización de adversarios sociales, y en consecuencia no existe tampoco identificación correlativa de sí mismo y del otro... Solo subsisten explosiones efímeras, expresiones esporádicas, ni organizadas ni duraderas. Lo que se evita así es la continuidad de un movimiento organizador" ("El grupo y el trabajo del preconsciente en un mundo en crisis", en Rev. de la AAPPG, 1, XIX, 1996, 1995, pág. 85).

Se trata de un modelo caracterizado por la abolición de la actividad productiva, la devaluación de la palabra, y la consiguiente falta de proyectos significativos y de los correspondientes procesos identificatorios. En este contexto la comunidad puede quedar invadida por un malestar impotente que culmina en un dejarse morir, en un abandono de los proyectos y en lugar de un Estado en el cual uno se sienta representa do, puede surgir la certeza de ser objetos de una supresión identificatoria.

Para Freud "…dar la espalda a la realidad es al mismo tiempo salirse de la comunidad humana". Por ello, frente a un modelo que pretende imponer creencias, exijamos credibilidad, pues la realidad es menos cruel que la decepción. Parafraseando a Freud, podemos decir: allí donde el modelo es, el sujeto debe advenir.

(*) Psicoanalista. Docente de UCES y UBA. Miembro de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo.


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