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N° 9
FRENESI DE LO VISIBLE

El desfiladero de las imágenes

María Celia Jáuregui Lorda

 

SALVADOR ELIZONDO: IMÁGENES PERMANENTES, PERSECUTORIAS Y CONGELADAS

Hay imágenes que permanecen inmutables a diferencia de aquellas que se caracterizan por su fugacidad y fragilidad. En Salvador Elizondo la permanencia de una imagen tuvo un efecto de identificación, de encontrar lo mismo que siempre había encontrado.

Es la experiencia que Salvador Elizondo relata en su libro Autobiografía precoz 1[1] al contemplar los Nenúfares, la serie de telas de Monet que ocupan todo un salón del Museo de Arte Moderno en New York. Una fidelidad profunda ligaba a Salvador Elizondo con esos cuadros que lo atraían irresistiblemente:

Miraba yo esas telas con el éxtasis que presupone una identificación intensa, no sólo con la obra de arte, sino también con la naturaleza que en ella está figurada 2[2].

La luz y los colores que componen esos cuadros parecían estallar ante sus ojos.

Muchas veces durante sus caminatas por los corredores del manicomio había recordado una y otra vez esos cuadros de Monet. Al encontrarse nuevamente ante los Nenúfares se dio cuenta que si bien algo había cambiado en él con su estancia en el manicomio, los valores a los que se había adherido en la vida permanecían inmutables. Esos nenúfares, la visión a través de los ventanales del patio del museo, las fachadas de las casas de la calle 54, eran exactamente las mismas que había visto durante su visita anterior a New York en la que se suponía que estaba loco. Se encontraba ante uno de esos valores que son constantes independientemente de nuestro estado de ánimo. Los Nenúfares no habían ganado ni perdido nada con respecto a la emoción que le provocaban. Llegó a la conclusión de que lo que cambia es nuestro concepto de los hombres pero que hay algo en el mundo que permanece inmutable, algo a lo cual siempre se podía acoger con la seguridad que encontraría lo mismo que siempre había encontrado:

Los electroshocks, la solemnidad de aquel psiquiatra estúpido que se sentía con autoridad para prescribirme píldoras capaces de modificar mis ideas sobre la vida me parecieron una experiencia risible al lado de esa contemplación que con una evidencia tan imperiosa ponía en entredicho la miseria de la vida. La cloaca seguía existiendo pero ante esa luz magnífica, ante esa efusión sobrenatural de colores se volvía algo condenado al olvido 3[3].

Asimismo comprendió que esa mudez, ese silencio en el que animaban las formas que le habían subyugado estaba más cargado de significados que la confusa gritería que siempre lo había seguido y que sólo se había aplacado en el manicomio, y que ese silencio ideal alentado como algo infinitamente vivo en esas flores se le revelaba como el lenguaje que siempre había querido hablar.

 

Imágenes persecutorias y congeladas

A lo largo de su autobiografía, Salvador Elizondo, relata una serie de imágenes vistas o imaginadas que, junto con frases dichas o escuchadas, fueron pautando los diferentes avatares que lo llevaron a la escritura. Algunas de estas imágenes son amables, amorosas otras repetitivas, fijas, persecutorias llevándolo al extremo de no poder olvidarlas. Su obsesión, su reflexión recurrente y más profunda con respecto a la escritura y el lenguaje tiene que ver con lo visual, con las imágenes.

Como escritor, me he convertido en fotógrafo, impresiono ciertas placas con el aspecto de esa interioridad y las distribuyo entre los aficionados anónimos 4[4].

Una experiencia singular vino a poner un toque desconcertante en su vida, un hecho que fue el origen de una obra que se vería publicada unos meses después con el título de Farabeuf o la crónica de un instante. Este suceso fue el conocimiento a través de Las lágrimas de eros de Bataille de una fotografía realizada a principios de siglo y que representa la ejecución de un suplicio chino

El carácter inolvidable del rostro del supliciado, un ser andrógino que miraba extasiado el cielo mientras los verdugos se afanaban en descuartizarlo, revelaba algo así como la esencia mística de la tortura 5[5].

Esa imagen se fijó en su mente a partir del primer momento que la vio, con tanta fuerza y con tanta angustia que el sólo mirarla le fue dando la pauta para tramar en torno a su representación una historia sobre las relaciones amorosas de un hombre y una mujer y lo remitió a ciertos aspectos de la cultura y el pensamiento de China.

También lo habían perseguido durante mucho tiempo las imágenes que representaban el extraño mundo científico de fines del siglo diecinueve no tanto por su cientificismo entusiasta, sino por los caracteres extrañamente mágicos que se veían aparecer en esos grabados nítidos y tortuosos que ilustraban las revistas científicas de la época. Intentó realizar una película que fuera el equivalente cinematográfico de esas composiciones que admiraba profundamente. La realización de esa película hizo que llegara a sus manos el célebre Précis de Manuel Operatoire del Dr. H. L. Farabeuf, cuyas maravillosas ilustraciones de técnicas amputatorias tenían un papel importante en su película.

Esos grabados complementaron gráficamente las imágenes que se habían formado en su mente a partir de la fotografía de la tortura china y le sirvieron en la escritura 6[6] de Farabeuf o la crónica de un instante para establecer ciertas dimensiones de atmósfera y de contrapunto de imágenes que dieron a la novela cierto carácter y cierto estilo inusitados en las corrientes más tradicionales de la narración castellana 7[7].

La lectura exhaustiva y apasionada de Ezra Pound lo encaminó hacia el descubrimiento de ciertos aspectos de la cultura china que complementaban esa otra inquietud más profunda que había despertado la foto del supliciado. Años más tarde le fue concedida una beca para estudiar mandarín en El Colegio de México.

En esa institución tuvo los primeros contactos con la escritura china que ya había vislumbrado como una disciplina eminentemente poética por sus intentos de crear una expresión gráfica basada en el principio de montaje -tal como lo había aplicado Eisenstein unos cuantos años antes en el cine y cuyas películas y libros le habían interesado apasionadamente- como por la veneración que tenía a los procedimientos de cierta poesía china. Cayó en la cuenta que los chinos habían conseguido, en la estructura de sus caracteres ideográficos, exactamente los mismos resultados que Eisenstein en sus películas, dos mil quinientos años antes de Cristo.

La caligrafía simplemente, como expresión sensible de un estado de ánimo pictórico o poético instantáneo, le dio la posibilidad de proyectar obras en las que, mediante ese aprendizaje de los caracteres chinos, podría conseguir, de una manera más congruente, esa congelación de las imágenes que tentativamente ya había intentado, mediante el lenguaje, en algunos de sus escritos.

***

NAGAOKA SHIKI: RELACIÓN ENTRE UNA IMAGEN CORPORAL DEFORME Y LA ESCRITURA

Nagaoka Shiki es un personaje de ficción, una invención. Mario Bellatin relata su vida en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción 8[8]. Este libro es considerado por los críticos literarios una biografía imaginaria.

Lo extraño del físico de Nagaoka Shiki consistía en la presencia de una nariz descomunal. Fue considerado un personaje insólito de la literatura. Los primeros cuentos que escribió tratan de una nariz. Incluso algunos de carácter erótico tenían también la nariz como protagonista. Creó cerca de ochocientos relatos cortos.

Nagaoka Shiki fue ocupado a lo largo de su vida por la presencia real y radical de un defecto corporal, por la escritura y por un extraño entusiasmo por la fotografía. Estaba obsesionado por las relaciones entre lenguaje, fotografía y literatura. Desplegó una serie de astucias para sobrellevar el repudio, la humillación y la culpa.

El tamaño de su nariz orientó su existencia. Siempre fue más receptivo a las críticas que a las alabanzas, tal vez por esa razón nunca pareció tomarse en serio públicamente su labor de escritor.

Desde muy joven redactaba sus textos literarios en inglés o francés para luego pasarlos a su lengua materna. De esa manera consiguió que todo lo que saliera de su pluma pareciera una traducción. En su ensayo Tratado de la lengua vigilada logró poner por escrito las ideas que sustentaron ese ejercicio y afirma que únicamente por medio de la lectura de textos traducidos puede hacerse evidente la real esencia de lo literario que de ninguna manera está en el lenguaje. Sólo haciendo circular los relatos de una caligrafía occidental a ideogramas tradicionales, es posible conocer las verdaderas posibilidades artísticas de cualquier obra. En ningún momento dejó translucir en su trabajo la mínima influencia de literaturas extranjeras, occidentales.

Su entusiasmo por la fotografía tenía que ver con su temprana pasión por lo literario. Consideraba un privilegio contar con imágenes visuales enteras, que de algún modo reproducían al instante lo que las palabras y los ideogramas tardaban tanto en representar. Asistió muchas veces al único estudio fotográfico de la zona y se hizo tomar una gran cantidad de fotos en distintas situaciones. Además se fotografió con el sirviente gordo y deforme de quien se había enamorado y que más tarde fue asesinado.

Al salir del monasterio, en el que estuvo recluido durante trece años por disposición de su familia, siguió escribiendo como de costumbre. Sin embargo se produjo una diferencia fundamental. A partir de entonces no apareció en su obra la descripción de ninguna nariz ni de otra particularidad física. Decidió instalar en el medio del cantón un pequeño puesto para la venta de rollos y revelado de fotos. Por el acoso que sufrió en el monasterio comenzó a experimentar cierto sentimiento de pecado a la hora de escribir. Creyó disipar dicho sentimiento si se esforzaba en la vida cotidiana más de lo habitual. No contrató ningún empleado porque pensaba que debía realizar el trabajo él solo para no sentir culpa al momento de escribir.

Pasaron por sus ojos infinidad de fotos. Con el tiempo comenzó a sentir deseos de ver una a una las fotos reveladas antes de entregarlas a los clientes. Pretendía trabajar en la creación de un compendio abordando las imágenes que le ofrecía una naturaleza que antes hubiese pasado por la mirada de un fotógrafo.

Se dedicó a trazar una serie de proyectos con los que intentó entrelazar sus ideas acerca de los ideogramas, las palabras y su redescubrimiento de la fotografía. Escribió Foto y palabra. A partir de pequeñas semblanzas cotidianas, que dan la impresión de describir en forma inocente una serie de fotos, logró mostrar de una forma global a su sociedad.

Las fotos narrativas de Nagaoka Shiki daban un especial realce al aspecto visual de los mundos representados. Influenció a varios escritores que consideraron que la foto narrativa intenta establecer un nuevo tipo de medio alterno a la palabra escrita. Uno de ellos escribió en su diario póstumo:

Poder ver la realidad modificada, no sólo por el lente del fotógrafo sino por la palabra escrita que acompaña estas imágenes, es un camino que potencia infinitamente las posibilidades narrativas de la propia realidad 9[9].

En sus años finales Nagaoka Shiki escribió un libro redactado en un idioma de su invención. Un bello ensayo que trata las relaciones entre escritura y los defectos físicos, de cómo la literatura que de allí surge debe distanciarse de la realidad apelando al lenguaje, en este caso al no-lenguaje.

Mario Bellatin relata que hace poco tiempo, un cierto escritor mexicano descubrió la clave del libro intraducible. En ese texto está consignado el asesinato del deforme sirviente que nunca hizo caso a los requerimientos amorosos de Nagaoka Shiki. Se describe la naturaleza de sus sentimientos, el rol que jugó cuando creó sus teorías acerca de la relación entre defectos físicos y escritura y especialmente la minuciosa descripción del rotundo rechazo que sentía aquel siervo al ver su propia imagen reproducida por la acción de una cámara de fotos. En ese instante el crimen que realizó Nagaoka Shiki fue atroz. A partir de ese acto no escribió más acerca de la nariz. La contemplación por medio de la fotografía de su imagen corporal deforme le permitió no su rechazo sino su aceptación, su identificación.

Nagaoka Shiki revela una intuición radical: no puede haber escrito más que a partir de cierta consistencia de su cuerpo, de su imagen corporal.

Notas

1[1] Salvador Elizondo, Autobiografía Precoz, Aldus, México, 2000.

2[2] Ibídem, p. 74.

3[3] Ibídem, p. 75.

4[4] Ibídem, p. 29

5[5] Ibídem, pp. 56-57.

6[6] Leo Strauss plantea en Persecución y arte de la escritura. Y otros ensayos filosóficos, Novatores, Instituto Valenciano de Estudios e Investigaciones, Valencia, 1996, que no es la letra como tal la que persigue, sino, al contrario, su defecto, la imposibilidad de apegarse, de atarse a ella como a un recurso. En Salvador Elizondo la fuerza, la angustia, la reiteración y la persecución de algunas imágenes lo condujeron a la escritura de uno de sus libros.

7[7] Ibídem, p. 58.

8[8] Mario Bellatin, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, Editorial Sudamericana, España, 2001.

9[9] Ibídem, p. 31.

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